Fidel Castro confesaba que había pasado mucho miedo leyendo Drácula de Bram Stoker. Esto, a los que somos miedosos, nos tranquiliza, porque ya no nos sentimos solos: los tiranos también se asustan de las mismas cosas que el resto de los mortales. Y eso que hoy en día, gracias a la industria cultural, las historias de vampiros se han convertido en una simpleza. Basta examinar las novedades editoriales o echarle un vistazo a la película salida de no sé qué bombazo para adolescentes. El drácula actual se pasea la mar de orgulloso, ostentando las marcas de sus chupetones amorosos en el cuello. Es un vampirito inofensivo y posmoderno.
Seguramente todo esto tiene que ver con una trivialización absoluta del Mal, escrito así, con mayúsculas. Las víctimas se mueren como si fueran monigotes o se dejan avasallar por los vampiros igual que si estuvieran jugando al tres en raya. Pero todos sabemos que no se deja entrar al Mal sin consecuencias. En las mejores versiones actuales sobre el tema del vampiro (la última novela de Pablo de Santis, Los anticuarios, o en Anne Rice y su Entrevista con el vampiro) el monstruo padece de una maldición que impide amar. Estas novelas dan la voz al monstruo, que es quien cuenta toda la historia. Escuchamos la voz del Mal y nos sentimos atraídos y compadecidos por ella. De pronto los límites se difuminan. En estas secuelas actuales, los cazadores son tan malvados como los vampiros, unos y otros están enfermos de violencia. Pero el relato, si tiene que ir con alguien, se queda con el que tiene voz, o sea, con el monstruo.
Antes no era así. Los maestros antiguos nunca tomaban partido por el monstruo ni lo hacían protagonista de nada. Podían sentirse aterrorizados por él, pero nunca seducidos. Cualquier pintura negra de Brueghel o el Bosco constituyen el mejor argumento para no querer pasar una temporada en el infierno. A veces el diablo podía ser un instrumento para asustar en las predicaciones, pero eso no lo convertía en un figurón morboso. La gente común creía realmente en él y los intelectuales lo sometían a debates muy serios. La teología cristiana entendía (y entiende) que el mal no podía proceder de Dios, que es la eterna Bondad. A Satanás le tocaba encarnar la nada en sí misma, la sombra del verdadero Ser, un cero infinito, una deficiencia, una ausencia, una privación de la Verdad, el Bien y la Belleza. Por eso, el demonio podía causar terror a primera vista, pero si se lo miraba en su auténtica dimensión, resultaba grotesco. En la Divina Comedia, el espectacular final del Infierno nos conduce a la guarida de Satán, frío, oscuro, hundido en el centro mismo del planeta con las nalgas pegadas al hielo, comprimido por todo el peso del mundo. Al principio, Dante se estremece al contemplar sus tres caras monstruosas que devoran eternamente a Casio, Bruto y Judas. Pero después, cuando se desplaza por el cuerpo del bicho hacia abajo, pierde de vista donde se encuentra y, cuando abre los ojos, contempla el panorama alucinante de las patas de Satanás aprisionado entre bloques de hielo, las piernas levantadas en el aire. ¿Qué ha pasado?, le pregunta Dante a su guía, Virgilio. Sucede que, al deslizarse por la cintura del diablo, han cruzado el Ecuador y, según las creencias medievales sobre cosmografia, lo que estaba abajo, ahora está arriba y viceversa… A primera vista el pomposo príncipe de las tinieblas inspiraba terror, pero luego, cuando se descubre lo que oculta detrás –esas patas peludas e indefensas- nos muestra su nada absoluta, su patética estupidez. Esa imagen suya será lo último que los viajeros de la Divina Comedia vean del mal. Acto seguido, Dante y su amigo Virgilio dejan atrás al diablo y se encaminan hacia las estrellas.


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2 Comentarios
Excelente.
Y yo digo ademàs: excelente.
Un Trackback
[...] nos recuerda en un estupendo artículo Javier de Navascués, Drácula es una novela capaz de quitar el sueño al mismísimo Fidel Castro, [...]