Biblioteca pública, 31 de enero 2012
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Paseando plácidamente bajo el sol de invierno por Zahara de los Atunes, quizá el pueblo de España con una mejor relación kilómetros de playa/indígenas, me encuentro en una calle llamada “La ilustre fregona”. Doy un salto de alegría. No sólo por cervantino de pro, sino porque veo ahí reflejada una de mis teorías más queridas. El insulto, cuando tiene buena solera, envejece muy bien, como los vinos, hasta convertirse en un elogio de primera categoría, tan de agradecer que no está de más, incluso, dedicarle una calle.

Un caso paradigmático es el de C. M. Bowra, el autor del manejable manual Introducción a la literatura griega. Fue ese profesor oxoniense el que inspiró al cáustico Evelyn Waugh el ridículo Mr. Samgrass que pulula por la novela Retorno a Brideshead. Waugh no tiene piedad con el profesor (con Samgrass, quiero decir, y, por tanto, tampoco con el modélico —en el peor sentido de la palabra— Bowra), pero gracias a eso pasamos nosotros ahora por los sesudos libros de Bowra con una sonrisa y con una emoción que no están en el original, sino superpuestas por la ironía ácida de Waugh. Le leemos como un lujo más de una vida de château, como si estuviésemos asistiendo a su conversación erudita y vaporosa mientras saboreamos una copa de oporto en uno de los salones de Brideshead.

Con todo, el ejemplo más elegante era la calle en la que yo me encontraba. Don Miguel de Cervantes, efectivamente, habló del pueblo de Zahara en La ilustre fregona, pero no bien. Escribió, en realidad, de su personaje Carriazo: “Pasó por todos los grados de pícaro hasta que se graduó de maestro en las almadrabas de Zahara, donde es el finibusterrae de la picaresca”, porque según Cervantes no se podía considerar pícaro al que no hubiera hecho dos cursos en la academia de la pesca de Zahara de los Atunes. Eso lo dice un autor actual y lo declaran persona non grata solemnemente en pleno del Ayuntamiento reunido por urgencia para la ocasión y por unanimidad. Y se le ocurre sugerirlo a un vecino de Barbate, y lo corren a pedradas hasta Vejer. Y si lo dice un veraneante…, mejor ni pensar en las consecuencias.

Pero el Siglo de Oro es mucho oro y han pasado muchos lustros, con el lustre que da eso. Y en concreto Cervantes tiene el don, porque se mete con alguien o algo, con don Quijote o con La Mancha y acaba rindiendo un homenaje inmortal. Don Quijote, que es una parodia de la caballería, es también la quintaesencia de la caballería. Al arquetipo por la caricatura, se podría resumir el milagro de la mirada de Cervantes. En Zahara, por tanto, se enorgullecen de la mención horrorífica del príncipe de las letras españolas, y no podemos menos que alabarles el gusto. Ya lo notó, a su manera, el brasileño Mario Quintana: “Los ataques de una mariposa agradan más que los besos de un caballo”.

Esto nos debe llevar a relativizar bastante los encontronazos de la actualidad. ¿Quién sabe qué insultos de ahora, o qué desdenes, serán dentro de unos años o para nuestros antepasados un timbre de nobleza? Me malicio que en el futuro se valorarán mucho más los ninguneos y desprecios de esta época que sus premios y obsequiosos homenajes. Si no, al tiempo.

Enrique García-Máiquez
Poeta.

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