Biblioteca pública, 22 de febrero 2012
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Se impone un arranque autobiográfico, justificado porque mi experiencia no es original, ni mucho menos. Regresamos a los cuentos tradicionales o populares cuando somos padres. He hecho un exhaustivo trabajo de campo entre familiares, amigos, conocidos y hasta saludados, y se trata de un hecho general e inexorable.

Lo primero que uno se pregunta es por qué. Y la primera respuesta podría ser que volvemos a los cuentos populares porque nos los contaron a nosotros, demostrándose así el determinismo que impone la educación y bla, bla, bla. Yo soy una prueba en contra: desmemoriado, he tenido que recurrir a los clásicos (Charles Perrault, los hermanos Grimm) para poder contar unos cuentos que o nunca supe u olvidé del todo. Se vuelve a ellos porque los niños los exigen. En cuanto los encuentran, desechan los más modernos, asépticos y bienpensantes o los de cosecha propia de los padres, y piden tozudamente los populares con su marabunta de brujas, dragones, ogros, lobos feroces y encantamientos tremendos. Uno, hijo de su época, se hubiese preocupado ante tantos horrores de no ser por Chesterton, al que, según sugerencia de Ramón Eder, habría que vender en farmacias. El benéfico inglés nos explica en Enormes minucias que “los cuentos de hadas no dan al niño su primera idea de los fantasmas. Lo que los cuentos de hadas dan al niño es su primera idea clara de una posible victoria sobre el fantasma. El bebé ha conocido íntimamente al dragón desde siempre, desde que supo imaginar. Lo que el cuento de hadas hace es proporcionarle un san Jorge capaz de matar al dragón”.

A pesar de lo cual, hay quien sostiene que el primordial destinatario de los cuentos populares es el adulto. Más bien, como quería Cervantes, ofrecen diversas cosas a sus distintos lectores. Buscan el puro placer y el subconsciente moral del niño…, y la sonrisa irónica y el sentido crítico del adulto. Charles Perrault subraya esa sonrisa irónica, como cuando apunta, tras los encantamientos del hada madrina de Cenicienta, que, efectivamente, sin padrinos hay muy poco que hacer en esta vida. A veces los Grimm tampoco resisten la tentación, como en la divertidísima moraleja matrimonial de “El erizo y la liebre”.

De lo que no hay duda es de que los cuentos populares encierran unas espléndidas lecciones metapoéticas para chicos y grandes. No es extraño si se piensa que han sido y son la iniciación a la literatura para la mayoría de la humanidad. A bote pronto o a borde de cuna, recapitulamos: 1) los cuentos se leen para contarlos, imagen perfecta de que se lee para vivir; 2) la importancia básica de la relectura, recalcada por Borges y por Nabokov, y que los niños saben solos y ponen en práctica reclamando imperiosamente el mismo cuento, con un desprecio completo de la originalidad y de las novelerías; 3) la fidelidad a los grandes temas: la soledad, el hambre y la pobreza, el amor, el agradecimiento, el valor…; 4) la absoluta ausencia de remilgos sentimentaloides; y 5) el papel muy secundario de los estudios filológicos, que quedan bastante lejos y más o menos perdidos, y casi no importa, como decía Tolkien haciendo suya en La hoja y el árbol aquella comparación de los cuentos con la sopa y de las fuentes con los huesos que sirvieron para prepararla.

Cuántos cuentos especialmente buenos me gustaría comentar aquí, que podría (mi hija no me deja pararme). Quizá más adelante, porque hoy quiero acabar contando cómo ha caído de mis ojos, igual que unas escamas curadas de milagro, el reparo que yo tenía desde antiguo contra los cuentos populares. Me escandalizaba su desbordado materialismo que siempre otorga recompensas inmediatas a los actos de generosidad y que termina convirtiendo en hermoso a la bestia o al sapo o al burro, y además en príncipe.

Por muy simbólico que sea eso, ¿no se autodestruye el mensaje si el amor o la virtud reciben tan automáticos premios tan contantes y sonantes? Parece que Charles Perrault compartía la sospecha, pues desliza en su cuento “Riquete” esta aguda observación: “Hay quien asegura que no intervinieron para nada los encantamientos del Hada, sino que sólo el amor realizó aquella metamorfosis”. O sea, que el francés parece pensar: ¿para qué querrán volverse bellos ahora si ya han conseguido lo más difícil y están enamorados? Sin embargo, ese desdén contra el materialismo era un frío (quizá frígido) intelectualismo mío que no viene a cuento, precisamente. Al fin y al cabo, también Jesús multiplicó los panes y los peces, echó a andar a los paralíticos, encontró una moneda de oro en el la boca de un pez y limpió la carne de los leprosos.

Enrique García-Máiquez
Poeta.

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