Literatura, 2 de febrero 2012
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Fue cuando Wisława Szymborska entró en la gloria del premio Nobel que la conocimos en España, gracias a la espléndida traducción en Hiperión de Maria Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal, titulada El gran número. Fin y principio y otros poemas, y que, tras el prólogo, traía el discurso de recepción del premio. Un discurso muy brillante en el que hablaba de la falta de brillo que tiene el oficio de escritor, y citaba al Eclesiastés, nada menos, como a su interlocutor soñado. La editorial Lumen también aportó su Paisaje con grano de arena, en traducción de Ana María Moix y Jerzy Wojciech Slawomirski. Enseguida llegaron las traducciones ejemplares de Gerardo Beltrán y Abel A. Murcia. Pocas veces le hemos debido tanto a la concesión de un premio Nobel.

Y pocas veces el conocimiento repentino de una poeta ha tenido tal impacto en las letras de un país. La estudiosa Malgorzata Baranowska nos asegura que Szymborska no tiene ni imitadores ni sucesores. Será en Polonia, porque en España, sí. Claro que la poesía española tiene la virtud de saber avanzar apoyándose en lo mejor de poderosas influencias extranjeras. Empezó con las jarchas y la poesía judía y desde entonces no ha parado: Alfonso X y Portugal, Garcilaso e Italia, Góngora y el latín, Bécquer y los suspirillos germánicos (y el flamenco), Rubén y Francia, Cernuda, Borges, Gil de Biedma y la poesía inglesa… Aunque algunos piensan que ahora toca el turno de Ashbery & cía., lo más valioso nos viene del Este: Ex Oriente, lux. O sea, de esa literatura que resistió el comunismo y supo atravesar la opacidad del materialismo porque, como nos explican Zagajewski, Wat, Steinhardt, Lec y Havel, entre otros, conocía bien el valor de las palabras y de la verdad. Esa poesía no es, por tanto, un entretenimiento elegante y trivial sino una defensa última del humor y del humanismo, de la trascendencia y de la memoria. Entre una constelación de nombres impresionante —Milosz, Herbert, Lec, Holan, los Mandelstam (él y ella)— el de Wislawa brilla con luz propia y ha tenido, como digo, un peso impresionante en la poesía de aquí. Sería un extraordinario tema de tesis doctoral estudiar esa recepción; y sería fácil, pues ha ocurrido en poco tiempo y de una forma especialmente intensa y explícita. Nuestra poesía abunda en homenajes, en citas, en variaciones, en influencias evidentes y hasta hay libro titulado Un poemario (Imitación de Wisława), con el que Teresa Soto ganó el significativo premio Adonáis en 2007.

Supongo que en las traducciones perderemos mucho de la música de su poesía, y recuerdo una tarde en la que el poeta Jesús Beades trató de enseñarme, con paciencia de licenciado en magisterio, a pronunciar al menos su nombre correctamente: vʲisˈwava ʂɨmˈbɔrska. Con ningún éxito. Pero su poesía está escrita también (¡qué suerte!) en el idioma universal de la inteligencia, la ternura, la gracia y ironía. Por mucho que sea lo que nos perdemos, mucho más ganamos. Y eso precisamente, si tuviese que destacar sólo una cosa, es lo que elegiría: cómo enriquece nuestra vida de una forma palpable. Gracias a ella hemos aprendido, por ejemplo, a sentir una inmensa gratitud hacia quienes no amamos (“Debo mucho/ a aquellos que no quiero.// El alivio con que acepto/ que sean más cercanos a otro./ […] comprendo/ lo que el amor no comprende,/ perdono/ lo que el amor jamás perdonaría. […] Los viajes con ellos son siempre un acierto,/ conciertos oídos, / catedrales visitadas,/ paisajes nítidos/ […] Ellos mismos no saben/ cuánto llevan en sus manos vacías. […]”) y a maravillarnos de ser quienes somos, a pesar de todo, y ante la milagrosa realidad, y ante el mismo laberinto de las causas y los azares frente al que Borges ya nos había enseñado a sentir vértigo. Ella, después de aquel deslumbramiento, consiguió lo más difícil todavía: sus libros posteriores no nos defraudaron, ni sus prosas, decía ella que menores. Seguía dando más.

Y a uno ahora le gustaría imaginar que esa sorpresa nuestra de cuando recibió el Nobel se estará repitiendo en el Cielo. Su llegada habrá cogido a los bienaventurados por sorpresa: “¿Una poeta polaca?”, “Sí, sí, y qué poeta…” irá corriendo la voz por el Paraíso. Y cuando lean sus poemas, qué aumento de felicidad, si cabe, que cabrá porque aquello es un in crescendo imparable. Estará siendo otra recepción por todo lo Alto, como la de aquí, pero mejor. En el Purgatorio, en cambio, ya conocían sus poemas, sin duda. Cuánto consuelo les ha dado siempre, lo sé por experiencia, su Elogio de la mala conciencia de uno mismo.

Enrique García-Máiquez
Poeta.

5 Comentarios

  1. María
    Publicado: 2 febrero, 2012 a las 3:31 pm | Permalink

    Bueno, yo puedo pensar que alguno que haya leído ese poema haya podido purificar tanto como para ir derecho al cielo. Y se habrá sumado agradecido a la recepción.

  2. Publicado: 2 febrero, 2012 a las 10:28 pm | Permalink

    Gigante, Enrique.

  3. Publicado: 3 febrero, 2012 a las 8:40 pm | Permalink

    ¡No lo sabía! Justo ahora, cuando me acabo de terminar “Poesía no completa”, pensando con ilusión en todo lo que aún estaba por venir. En todo caso, lo que nos ha dejado ya es una maravilla.

  4. Guillermo
    Publicado: 3 febrero, 2012 a las 11:32 pm | Permalink

    Muchas gracias por por la amabilidad del artículo, tan merecida

  5. Publicado: 29 abril, 2012 a las 5:30 pm | Permalink

    waaaaaaaaaooooooooooo q bn
    me gusta mcho

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