La Biblioteca Nacional de Madrid acaba de inaugurar una exposición de homenaje a José Rizal (1861-1896), padre de la patria filipina. Poco sabemos aquí de Rizal, escritor políglota y humanista, héroe y mártir de una gran historia olvidada en nuestro país. Como a otros muchos jóvenes nativos de buena posición, su familia lo mandó de joven a estudiar oftalmología a España. Tuvo la oportunidad de trabajar en París y Heidelberg. En aquellos años de formación Rizal hizo amistades decisivas entre los intelectuales liberales de la época. Nunca quiso, por cierto, la independencia de Filipinas. Proclamaba, más bien, que su tierra fuera una provincia más dentro del Estado español, no una colonia de segunda fila. Fue ante todo un reformista que deseaba un mejor gobierno para su patria.
Quizá su destino se parezca algo al de un contemporáneo suyo, el cubano José Martí. Los dos fueron espíritus idealistas y generosos, llevaron a cabo obras filantrópicas y lucharon por amor a su tierra sin caer en el odio a España. Al final, una bala española terminó demasiado pronto con sus vidas. Además, al igual que Martí, Rizal fue un importante hombre de letras. Se le recuerda por dos novelas, Noli me tangere y El filibusterismo, que hoy día son leídas por todos los escolares filipinos en inglés, a pesar de que fueron concebidas por su autor en español. La suerte de nuestro idioma en Asia se parece mucho a la del dálmata o el retrorromanche, lenguas perdidas para siempre por la crueldad de la historia. Rizal amaba el español, igual que amaba España. En sus libros se palpa el exquisito cuidado con que mimaba los vericuetos del castellano, al mismo tiempo que evocaba la vida colonial con gracia singular. Noli me tangere, por ejemplo, es una novela realista que tiene el sabor exótico de los ambientes bulliciosos de la Manila decimonónica, donde las señoritas españolas o nativas pierden las chinelas en el barro al atravesar las calles abarrotadas de palanquines, carromatos y mercaderes chinos. Al parecer, en aquella época los comercios chinos se contentaban con invadir las Filipinas.
Pero hay algo más. En Noli me tangere se percibe el amargo descontento de su autor con la labor de las misiones religiosas en su tierra. Allí los franciscanos y dominicos habían creado una especie de sociedad teocrática desde hacía siglos. En medio de un imperio sui generis como fue el español, Filipinas fue un experimento colonial único, con sus bondades y miserias. Rizal, ilustrado y masón, denuncia los excesos clericales de los frailes, lo que le causa de inmediato la inquina del poderoso estamento religioso. Este desencuentro, unido al de otras incomprensiones con las autoridades civiles, le valen la persecución y el destierro.
La muerte de Rizal es heroica. En 1896 cae preso en Manila bajo la falsa acusación de apoyar a los independentistas, cuando en realidad tenía la intención de embarcarse como médico en una expedición militar a Cuba. Un tribunal amañado lo condena a la pena máxima. La noche anterior a su sacrificio, tiene tiempo de hacer tres cosas: escribe un emocionante poema (“Mi último adiós”), se casa con su novia belga y se reconcilia con la Iglesia católica. Al haber sido juzgado como traidor, debe ser fusilado al amanecer con el rostro vuelto a la pared y los ojos vendados. pide morir sin el pañuelo y de frente al pelotón. Sólo se le concede la primera gracia. Pero, un segundo antes de la descarga, Rizal se da la vuelta para mirar a la muerte cara a cara y proclamar su inocencia ante la historia.
Javier de Navascués es profesor de Literatura en la Universidad de Navarra, crítico y poeta.


Siguenos en:
Un Comentario
Muy interesante. Como mi ignorancia es enciclopédica, muy correctamente no lo conocía de nada.
Gracias y un saludo,